sábado, 16 de agosto de 2008

Martín Adán, la inaccesible soledad.


"RAFAEL DE LA FUENTE BENAVIDES, A QUIEN LA POSTERIDAD RECONOCE COMO EL POETA MARTÍN ADÁN SOBRELLEVÓ UNA VIDA DEDICADA ÍNTEGRAMENTE A ESCRIBIR PERO CON NO POCOS RECODOS AZAROSOS. SU DEDICACIÓN LITERARIA LA COMPARTIÓ CON UNA EMPECINADA BOHEMIA, CON SUS INGRESOS CONTINUOS AL NOSOCOMIO VÍCTOR LARCO HERRERA Y CON SU ETERNO ERRAR POR LIMA. A PESAR DE SU GLORIA, MURIÓ POBRE Y DESAMPARADO EN UN ASILO DE ANCIANOS."

Por Enrique Sánchez Hernani

Gastaba, incluso bajo el palurdo verano limeño, un abrigo pesado de lana con figuras de espigas como largos renglones de versos trenzados a una enredada caligrafía. Pesado y sucio, a contrapelo de su espíritu inmaculado de poeta de prosapia. Completaba la utilería que lo identifica hasta ahora, unas gafas para la miopía y un sombrero de fieltro estropeado y con manchas. Casi no se afeitaba nunca además. Quienes alguna vez pasaron por su lado, ya en su madurez de poeta, han podido asegurar que en su derredor danzaban los ángeles y un pesado hedor a alcohol y urea. Los ángeles eran los hijos menores de las musas que guiaban su trabajo y el alcohol la marca de su proximidad a la tierra, donde deambulaba a la caza de sus irreprochables sonetos y del agrio sabor de la cerveza, bebida que venció su voluntad desde que tuvo 25 años.
Martín Adán, además de cuidar escrupulosamente su biografía de hombre inaccesible, era el inquilino más ilustre del hospital para enfermos mentales Víctor Larco Herrera. Lo fue desde 1937 y a lo largo de más de diecisiete años. Su primer asilo ocurrió cuando tenía 29 años; sorprendente. Martín Adán era un solitario por convicción, un fugitivo de los halagos y de cualquier otra cosa que no fuese su furiosa pasión por escribir y beber.
Una niñez de peleas encarnizadas contra sus fantasmas lo marcó para siempre. Huérfano de padre a los siete años, queda al cuidado de su madre, Rosa Mercedes Benavides, que lo cede a manos de los modales rígidos de su tía Tarcila y de un tío deficiente mental que con sus gritos destemplados colmaba de temor las habitaciones de las casas en Lima y Barranco donde vivió.


POETA Y ARISTÓCRATA
Martín Adán era el seudónimo que guardaba a un aristócrata limeño renegado: Rafael de la Fuente Benavides. Cuando decide usar el apelativo, era un muchacho con una vida escarpada y difícil. El poeta era la constancia del derrumbe de un linaje de caracteres otrora acaudalados. Sin embargo, Adán casi nunca trabajó, salvo en su brillante y extraña poesía. Iba de su reclusión en el Larco Herrera a sus vagabundeos por los bares más descompuestos de Lima, hasta que totalmente ebrio sentía la necesidad de volver al manicomio.
Adán tenía que lidiar para que los profanos entendiesen que lo suyo solo era la poesía. Su propia familia lo obligó a concluir estudios de Derecho en San Marcos cuando él no tenía porte ni interés para lidiar juicios en los tribunales. Pero la abogacía le sirvió la única vez que el poeta pudo agenciarse un ingreso.
Tras ser clausurada San Marcos por el gobierno de turno, en 1932, el poeta marcha a Arequipa para trabajar en el Banco Agrario. Su tío, el presidente Óscar R. Benavides, lo había recomendado. En la Blanca Ciudad lo recibió una comisión de la oligarquía arequipeña. Cuando uno de los acartonados funcionarios bancarios le preguntó, en tono solemne, sobre sus planes para el puesto, el poeta, con total despercudimiento, sabiendo que él también provenía de una familia aristocrática, les espetó: "Señores, yo he venido con el exclusivo objeto de hacerlos cojudos". Al cabo de unos meses renunció. No volvió a trabajar más en su vida.


TRAVESÍA DE EXTRABARES
Desde su vuelta de Arequipa, quizá como consecuencia del ruin trajín bancario que enclaustraba su alma libre de poeta, sofocándolo, su afición a la cerveza fue in crescendo como una música abominable. Muchos han querido ver en la raíz de este episodio su débil cuadro familiar, donde la matriarcal figura de su tía Tarcila anuló por completo su personalidad.
El temor, la sombra de su familia, el alcohol y su extrema sensibilidad lo condujeron, entonces, a su terrible dependencia. El poeta, parapetado en su torreta de cristal, juzgaba al mundo con ironía. Allí aparece el Martín de las anécdotas, propietario de una despiadada inteligencia. Una célebre: 27 de octubre de 1948. Un grupo de sus conocidos lo halló en el extinto bar Zela de la Plaza San Martín. El poeta estaba bebiendo a discreción. Como conocían que Adán era amigo del presidente José Luis Bustamante y Rivero, a la sazón en el poder, le informaron del rumor que se expandía por Lima: había estallado una revolución en Arequipa, encabezada por un general llamado Manuel Apolinario Odría. Se adivinaba un golpe de Estado. El poeta, ebrio pero con una lucidez imbatible, se limitó a señalar: "Por fin el Perú ha vuelto a la normalidad".


GENIALIDAD PREMATURA
Su fama de poeta impar lo cercó muy temprano. Estando en el colegio escribió, desde los dieciséis años, una novela rara para la época, que los críticos han visto como una extensa historia en verso, llamada "La casa de cartón". Pero la oposición familiar a su carrera de escritor hace que Rafael de la Fuente Benavides se parapete detrás del Martín Adán, seudónimo que le es puesto en la revista Amauta, de José Carlos Mariátegui, para poderle publicar sus primeros versos y no colisionar con el honor familiar.
El vate toma su ahora celebérrimo sobrenombre porque, entonces, Martín se les llamaba a los monos, en un homenaje al evolucionismo. Y Adán era el nombre bíblico del primer hombre. El poeta, con humor, conjugaba las dos teorías del nacimiento del la humanidad. A los 20 años ya gozaba de un prestigio en ascenso por sus poemas, éxito que se corona cuando Luis Alberto Sánchez le publica La casa de cartón, premonitoriamente en la imprenta del nosocomio Larco Herrera.
Esa facilidad suya para la poesía y su impar talento le permitieron a Adán deambular en los bares de Lima sin embarazo. El escritor no padecía de la agonía frente al papel en blanco. Su trabajo literario era una bullente y desordenada creación. Por ejemplo, escribió a mano La casa de cartón en unos recetarios que le enviaban a un tío médico. La trascripción a máquina la haría luego su amigo Emilio Adolfo Westphalen.
Con el tiempo, cuando lo iluminaba el hado de la poesía, utilizaba cualquier cosa a mano para escribir: las servilletas de papel de los viejos bares limeños o las empaquetaduras de los cigarrillos. Su eterno amigo, el librero y editor Juan Mejía Baca, guardaba estos papeles, muchas veces sucios y arrugados, y los mecanografiaba. La fama, a Martín Adán, le importaba un pepino.


MUERTE RIMA CON DESIERTO
Los años previos a su muerte, ocurrida el 29 de enero de 1985, la pasará el poeta toreando al bicho del aislamiento. Hasta 1980 le escribe cartas breves y nerviosas a Juan Mejía Baca donde muestra su espíritu sombrío. Desde que en marzo de 1983 es internado en el Larco Herrera solo abandonará el vetusto local de Magdalena para internarse en el Hospital Santo Toribio de Mogrovejo donde le hicieron una cirugía a los ojos. Al siguiente año pasa al Hospital Loayza para ser tratado de problemas renales y de allí lo envían al Albergue Canevaro, del Rímac, donde van a morir los ancianos en desamparo, cuando él estaba acompañado por todas las musas del Olimpo.
Por esos años ya no se escapaba con el fin de tomarse unas copas en algún huarique mortecino. Se abandona y ya ni escribe. Algunos vecinos de infortunio en el albergue lo recuerdan leyendo la Biblia ayudado por una gran lupa. Cuando murió el cielo del Rímac se rajó para permitirle el acceso al que ahora es uno de sus inquilinos más ilustres. Al día siguiente, su habitación estaba increíblemente limpia y desolada. Sólo un halo de luz caía sobre su almohada. En la calle, la poesía del Perú ya era otra.


tomado del diario el Comercio:

Martín Adán. Nacio en Lima (Perú), 1908-1985.
Dr. Literatura. Novelista. Miembro de la Academia Peruana. Nombre civial: Rafael de la Fuente Benavides. Seudónimo: Aloisius Acker. Poemarios: La casa de cartón (1928), La rosa de la espinela (1939), Aloisius Acker (1947),Travesía de extramares (1950), Nuevas piedras para Machu Picchu (1961), Escrito a ciegas (1961), La mano desasida (1964), La piedra absoluta (1966), Mi diario (1971), Diario de poeta (1975), Obra poética. (1971, 1976). Premios: Nacional de Literatura (1946, 1961, 1975).

Poemas Underwood

Prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad
sin inquietudes estéticas.
Por ellas se va con la policía a la felicidad.
La poesía gafa de las ventanas es un secreto de costureras.
No hay más alegría que la de ser un hombre bien vestido.
Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas
de tráfico.
Las casas rumian sus paces de buey.
Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría.
Límpiate de entusiasmos los ojos.
Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza.
Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y
tu sonrisa para después de la cena.
Los hombres que tropiezan tienen la carne encallecida de
oficina.
El amor está en cualquier parte, pero en ninguna está
de otro modo.
Pasaban obreros con los ojos resentidos con la tarde, con la
ciudad y con los hombres.
¿Por qué había de fusilarte la Checa? Tú no has acaparado sino
tu alma.
La ciudad lame la noche como una gata famélica.
Y tú eres un hombre feliz, quizá el único hombre feliz.
Tienes camisa y no tienes grandes pensamientos de ninguna
clase.
Ahora siento cólera contra los acusadores y los consoladores.
Spengler es un tío asmático, y Pirandello es un viejo estúpido,
casi un personaje suyo.
Pero no he de enfurecerme por pequeñeces.
Mil cosas han hecho los hombres peores que sus culturas:
las novelas de Víctor Hugo, la democracia, la instrucción primaria,
etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros.
Y, como no lo consiguen, acaban por odiarse.
Porque no quieren creer que todo es irremediable.
La polis griega sospecho que fue un lupanar al que había que
ir con revólver.
Y los griegos, a pesar de su cultura, fueron hombres felices.
Yo no he pecado mucho, pero ya sé de estas cosas.
Bertoldo diría estas cosas mejor, pero Bertoldo no las diría
nunca. Él no se mete en honduras -y está viejo, quiere paz y hasta
apoya a los moderados.
El mundo no está precisamente loco, pero sí demasiado
decente. No hay manera de hacerle hablar cuando está borracho.
Cuando no lo está, abomina de la borrachera o ama a su prójimo.
Pero yo no sé sinceramente qué es el mundo ni qué son los
hombres.
Sólo sé que debo ser justo y honrado y amar a mi prójimo.
Y amo a los mil hombres que hay en mí, que nacen y mueren a
cada instante y no viven nada.
He aquí mis prójimos.
La justicia es unas estatuas feas en las plazas de las ciudades.
Ninguna de ellas me gusta ni poco ni mucho -no son diosas
ni mujeres.
Yo amo la justicia de las mujeres sin túnica y sin divinidad.
En punto a honradez, no soy de los peores.
Como mi pan a solas, sin dar envidia a mi prójimo.
Nací en una ciudad, y no sé ver el campo.
Me he ahorrado el pecado de desear que fuera mío.
En cambio deseo el cielo.
Casi soy un hombre virtuoso, casi un místico.
Me gustan los colores del cielo porque es seguro que no son
tintes alemanes.
Me gusta andar por las calles algo perro, algo máquina, casi
nada hombre.
No estoy muy convencido de mi humanidad; no quiero ser
como los otros. No quiero ser feliz con permiso de la policía.
Ahora en las calles hay un poco de sol.
No sé quién se lo ha llevado, qué mal hombre, dejando
manchas en el suelo como un animal degollado.
Pasa un perrito cojo -he aquí la única compasión, la única
caridad, el único amor de que soy capaz.
Los perros no tienen Lenin, y esto les garantiza una vida humana
pero verdadera.
Andar por las calles como los hombres de Pío Baroja -(todos
un poco perros)-.
Mascar huesos como los poetas de Murger, pero con
serenidad.
Pero los hombres tienen posvida.
Por eso dedican su vida al amor del prójimo.
El dinero lo hacen para matar el tiempo inútil, el tiempo
vacío...
Diógenes es un mito -la humanización del perro.
El anhelo que tienen los grandes hombres de ser
completamente perros. Los pequeños hombres quieren ser
completamente grandes hombres, millonarios, a veces dioses.
Pero estas cosas deben decirse en voz baja -siento miedo de
oírme a mí mismo.
Yo no soy un gran hombre -yo soy un hombre cualquiera que
ensaya las grandes felicidades.
Pero la felicidad no basta a ser feliz.
El mundo está demasiado feo, y no hay manera de
embellecerlo.
Sólo puedo imaginarlo como una ciudad de burdeles y
fábricas bajo un aletazo de banderas rojas.
Yo me siento las manos delicadas.
¿Qué soy, qué quiero? Soy un hombre y no quiero nada.
O, tal vez, ser un hombre como los toros o como los otros.
Tú no tienes las ojeras demasiado grandes.
Yo quiero ser feliz de una manera pequeña. Con dulzura, con
esperanza, con insatisfacción, con limitación, con tiempo, con
perfección.
Ahora puedo embarcarme en un trasatlántico. E ir pescando
durante la travesía aventuras como peces.
Pero ¿a dónde iría yo?
El mundo me es insuficiente.
Es demasiado grande, y no puedo desmenuzarlo en pequeñas
satisfacciones como yo quiero.
La muerte es sólo un pensamiento, nada más, nada más...
Y yo quiero que sea un largo deleite con su fin, con su calidad.
El puerto, lleno de niebla, está demasiado romántico.
Citeres es un balneario norteamericano.
Los yanquis tienen la carne demasiado fresca, casi fría, casi
muerta.
El panorama cambia como una película desde todas las
esquinas.
El beso final ya suena en la sombra de la sala llena de candelas
de cigarrillos. Pero ésta no es la escena final. Pero ello es por lo que
el beso suena.
Nada me basta, ni siquiera la muerte; quiero medida, perfección,
satisfacción, deleite.
¿Cómo he venido a parar en este cinema perdido y humoso?
La tarde ya se habría acabado en la ciudad. Y yo todavía me
siento la tarde.
Ahora recuerdo perfectamente mis años inocentes. Y todos los
malos pensamientos se me borran del alma. Me siento un hombre
que no ha pecado nunca.
Estoy sin pasado, con un futuro excesivo.
A casa...

(Publicados en La casa de cartón-1928)





LA PIEDRA ABSOLUTA
(fragmentos)

Poesía se está de fuera:
Poesía es una quimera
Que oye ya a la vez y al dios.
Poesía no dice nada:
Poesía se está callada,
Escuchando a su propia voz
Como se va vida,
O como crece pelo de cadáver,

Estás tú, piedra aviternísima, piedra ilusa,
Entre las cosas reales.
Eternidad haraposa,
Firmeza sin edades,
Y un cordero de debajo que bebe el agua,
Y los cielos infinitos y con hambre...
Todo lo humano lo vi en ti,
Bestia mía y lejana, abiertas las fauces...
Todo de acto cumplido,
Y acezante...
ara cuando te estés muerto todavía,
o mismo, eres la muerte.

Eres yo mismo alguna vez
Entre las veces,
Entre las cosas,
Entre los quienes...
Pero tú, piedra enquistada,
¿Quién eres?
¿A quién voy entre los seres?
¿A qué tiempo, a qué futuro
iré con mis míes y mis desdenes
y con mis piedras recónditas,
yo mismo, nube de mí mismo, celeste?
La desesperación es una playa,
Sábelo, recóndita, alta piedra.
La Desesperación está contigo
Como tu piel o la miel de la abeja.
La Desesperación es un cielo
O una hembra o una piedra o una yedra.
La Desesperación no tiene otro
Límite que tu invocarla a ciegas.
La Desesperación está delante
De ti ahora: ahora es nueva,
Con sus monstruos invisibles de siempre
Y sus abiseles de fuera;
Con sus demonios de debajo, verdes,
Y con su cumbre, desierta.
Entre oleaje de roca, a ti llegué,
Muerto y vivo, con mortaja de yerba.


COMENTARIO:

Su poesía desta por la gran profundidad de su reflexión filosófica, que por momentos se adentra en los misterios de lo eterno y lo transcedente, con sucesión de imágenes y metáforas, en las que a menudo figura la rosa. Sus versos herméticos, llenos de símbolos, conjugan un uso atrevido de la lengua con formas poéticas tradicionales. Los temas de la realidad y la identidad son frecuentes. Quiso llegar a la poesía absoluta y crear realidades que subrayasen el papel de creador del poeta. Poco a poco, partiendo del hermétismo, ha ido creando una poesía más comprensible, más cercana "al ímpetu o voluntad inicial, que es lucidez, criterio, designio (...) No hay aquí plena conciencia acaso, pero sí extrema vida", en palabras del propio Martín Adán. Así, se advierte un cambio de concepción literaria entre La casa de cartón (prosa) y La rosa de la espinela o Travesía de Extramares (Sonetos a Chopin). Tras un largo silencio, el contraste entre éstos y los libros posteriores publicados es todavía mayor: Escrito a ciegas, La mano desasida, La piedra absoluta y Diario de un poeta, en los que Martín Adán tiene una mayor preocupación existencial, En reconocimiento a su labor literaria, el Instituto Nacional de Cultura del Perú ha recogido sus poemas bajo el título genérico de Obra poética (1928-1971), con una segunda edición en 1976. Sobre su poesía, escribe Edmundo Bendezú: "Siguiendo la evolución de los grandes poetas españoles de la Generación del 27, con la que Martín Adán desde estas lejanas playas de algún modo se identificó, nuestro poeta ha dejado casi los velos del hermetismo y nos va entregando día a día un poesía todavía compleja pero punzante como un cuchillo, 'de una miel que era tan dulce' y de una sangre palpitante de poeta que es hombre y de hombre que es poeta en su existencia cotidiana". (Juan Ruiz de Torres)